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SHAHRAZAD - Stories for life / 

Rodrigo J. Gardella, Frankfurt

El reencuentro

»No puedo creer que con esas pintas todavía no hayas probado un porro«.

Bernd observó el pequeño cigarillo que humeaba delante de sus ojos y echó la cabeza hacia atrás, en un movimiento reflejo. Alcanzó a darse cuenta de que su reacción había sido poco amable y se apresuró a dejar en claro que su ropa no tenía nada que ver con drogas, pensando que, de esa manera, podría justificar su rechazo. Les explicó también que era fanático del grupo die sterbenden Hemde y que todos sus seguidores se vestían así.

»¿Die sterbenden Hemde?«, repitió con sorna uno de los que estaba sentado delante.

»Mi querido Bernd, ésto tampoco tiene que ver con drogas. Se trata de diversión«, dijo el que sostenía el porro y se encontraba a su lado. »Después de todo tenemos que festejar. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?, ¿diez años?«

»Desde el colegio«, agregó el tercer camarada que ocupaba el lugar del copiloto.

La lumbre del porro se agitaba con cada nueva pitada. De la boca de su colega salía un humo denso que lo envolvía y lo llegaba a acariciar. Una pequeña nube compacta y blanquecina quedó suspendida durante unos segundos sobre sus cabezas. Parecía el cuerpo gaseoso de un espíritu que se resistía a evaporarse.

Era casi medianoche y afuera hacía mucho frío. Habían estacionado en un descampado cercano a Berlín-Mitte. Los cristales del coche estaban empañados. Bernd giraba la cabeza de un lado al otro, contemplando la situación con una desconfiaza que trató de disimular, pero sin éxito.

»No debes preocuparte por nada. Desde que trasladaron la estación central a Moabit, esto se transformó en un lugar tranquilo y, relativamente, seguro«.

El del porro se acercó y lo abrazó con efusividad. Tenía los ojos muy abiertos y desorbitados. »Pensé que no querrías volver a vernos después de todas las bromas que te gastamos en la escuela. Pero eso ya pasó hace tiempo, ¿no?« Hizo una pausa para fumar una vez más y luego agregó con una sonrisa. »¿Todavía sigues teniendo ese problema con las mujeres?«

Bernd se quedó sin palabras y comenzó a ponerse nervioso. Las manos le sudaban. Sintió una ansiedad muy fuerte y, sin pensarlo, se apropió del porro de un manotazo. Le dio una pitada desesperada, tan profunda, que le provocó un ataque de tos. Debió respirar varias veces seguidas para volver a llenar sus pulmones con oxígeno.

»Tengo una novia y es china«, reveló con el último hilo de voz que le quedaba.

Los tres amigos se miraron con picardía y permanecieron callados durante un instante.

»Ahora que Bernd mencionó a una china, se me vino a la cabeza algo que me pasó hace unos días«, dijo el que estaba sentando enfrente de Bernd. »Había ido a comer a un restaurante chino, de esos que pagas y puedes comer todo lo que quieres. Estaba lleno de gente y yo tenía una mesa pequeña. En un momento determinado, se acercó una china, muy guapa, y me preguntó si podía compartir la mesa conmigo. Claro, cuando la vi no lo dudé un segundo. Se sentó y comenzamos a hablar. Me contó que era gimnasta y que trabaja en un circo«.

»Sí«, interrumpió Bernd, ya recuperado del ahogo. »A Lynn Minmay, mi novia, también le gusta mucho el deporte. Debe ser la educación de allá«, agregó entusiasmado, esperando la aprobación de sus colegas.

Pero los demás sólo le devolvieron una mirada llena de fastidio. El que estaba hablando retomó el relato.

»Como les iba contando. Estabamos conversando sobre China y sus problemas, cuando comencé a notar algo en mi entrepierna. Una especie de presión suave y agradable. Al darme cuenta de lo que era, no lo pude creer. ¡La china me estaba masturbando con sus pies! Me quedé paralizado. No supe qué hacer. Imagínense, delante de toda esa gente. ¡No sé cómo hacía, pero sus pies eran como manos! Tenía un dominio total sobre su cuerpo porque de la cintura para arriba seguía comportándose con absoluta normalidad. Comía y hablaba sin que se le moviera una pestaña, como si nada ocurriera. Pero por debajo de la mesa tenía una plasticidad y una sensibilidad admirables. La situación fue tan vertiginosa y excitante que terminé corriéndome en el pantalón. Y lo más sorprendente fue lo que vino después. Cuando ella notó eso, cogió una servilleta, se limpió la boca con mucha distinción y se marchó sin decir una palabra«.    

Los tres amigos comenzaron a reír y Bernd, que había quedado bastante impresionado con la historia, se sintió también obligado a sumarse al festejo. Todos brindaron por la anécdota y continuaron bebiendo, mientras el porro pasaba de mano en mano.

»Esto me recuerda a la vez que conocí a una china en un bar«, intervino el colega que ocupaba el lugar del copiloto. »Luego de tomar unas copas, me invitó a su casa y lo primero que me llamó la atención al entrar fue la colección de melones que tenía en la cocina. Había de todos los tamaños y colores. Se desvistió y me dijo, sin más, que si quería estar con ella antes debía follarme a uno de sus melones. Al principio pensé que se trataba de una broma pero luego me di cuenta de que hablaba en serio. Me quedé sin palabras. Entonces ella partió un melón y me pasó una de las mitades. Estaba un poco borracho para resistirme. Además quería cascarme a la china. Me bajé los pantalones y la obedecí. La verdad es que me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero no me resultó para nada desagradable la situación. La suavidad y la húmedad del melón me excitaron aún más. Fue una noche fabulosa. El problema es que ahora, cada vez que tengo relaciones con mi novia no puedo dejar de pensar en el melón«.

Una carcajada unísona estalló en el coche. El único que no rio fue Bernd.

»¿Y cómo es tu china? ¿No me digas que también le gustan los melones?«, le preguntó uno de ellos.

Los tres amigos chocaron sus cervezas, celebrando la ocurrencia. En cambio, Bernd se mantuvo imperturbable, con la mirada extraviada. Una de sus manos custodiaba con recelo el bolsillo de su chaqueta. Con la otra había cogido el porro. Lo apoyó sobre los labios y, esta vez, aspiró con calma. Tardó varios segundos en largar el humo. Luego, señaló hacia adelante con el dedo y dijo con una voz aletargada:

»Lynn Minmay es pequeña como esa guitarra«

Parecía sumido en un trance. Las risas desaparecieron de inmediato y un silencio confuso se instaló entre ellos. Los colegas siguieron con la mirada la línea imaginaria que trazaba el dedo. Debajo del espejo retrovisor descubrieron una diminuta guitarra de metal que colgaba de una cinta roja. A ninguno le hizo gracia esa extrãna asociación.

Ya iban por el segundo porro y el aire se percibía viciado, pero las ventanillas permanecían cerradas. No obstante, el frío se hacía sentir en el interior del vehículo. Estaban casi en penumbras. Cada tanto, las luces de algún coche que pasaba por allí les proporcionaba algo más de claridad. La sirena lejana de una ambulancia fue la que terminó con el bache sensorial.

»Yo también recuerdo que hace un tiempo atrás tuve un encuentro con una china«, reaccionó el colega que estaba sentado junto a Bernd, intentando recuperar el tono jocoso de la conversación. »Bueno, al principio no supe que era una china porque yo había pagado por una sesión de masajes thai y allí todas se ven iguales. Me hizo pasar a un cuarto pequeño y me pidió que me quitara la ropa. En la habitación había poca luz y se escuchaba una melodía extraña pero muy relajante. Olía a incienso. Me recosté boca abajo sobre una superficie mullida y comencé a sentir que la mujer vertía un líquido caliente en mi espalda. Me pareció aceite o algo con una consistencia similar. Tenía unas manos increíblemente certeras, diría que mágicas. Bastaba que sus dedos rozaran mi piel para que mi excitación se incrementara. Estaba tan estimulado que cuando ella me preguntó qué sentía, me puse muy nervioso porque pensé que había notado mi erección. Le contesté que era algo distinto. Es porque soy china, me susurró en la oreja y me la mordió. No resistí la provocación y me di vuelta sin importarme nada. Pero la china me sorprendió. Ya estaba desnuda. Cuando me vio en el estado en que me encontraba se montó encima de mí con una destreza sorprendente, como si fuera su caballo«, interrumpió el relato para lanzar un suspiro liberador y beberse la cerveza de un solo trago. »Nunca había visto en mi vida a una mujer gozar tanto como esa vez. Luego me contó que tenía un novio alemán con problemas de eyaculación precoz y que estaba cansada de terminar siempre satisfaciéndose con los dedos, mientras pensaba en el pene descomunal de su vecino de piso«.

Bernd comenzó a toser de nuevo y sintió la necesidad imperiosa de vomitar. Quiso abrir la puerta pero le resultó imposible. Lo intentó una vez más y se dio cuenta de que estaba trabada. Escuchaba las voces distorsionadas de los otros que le pedían que se quedara para seguir celebrando y lo felicitaban por haber tenido la magnífica idea de organizar el reencuentro. Se desesperó. Buscó la forma de forzar la puerta a golpes de hombro. Entre risas, sus colegas lo sujetaban de la chaqueta para que se calmara. Risas que repicaban en su cabeza como piedras. Creyó que iba a estallarle. Pero en su confusión, sabía que no había hecho nada para organizar ese encuentro. Por eso sintió miedo. A pesar del frío, no dejaba de sudar. Quería largarse de allí lo antes posible. Como fuera. Continuó golpeando con más fuerza la puerta hasta que, finalmente, logró hacerla ceder. Bernd rodó con violencia sobre la calle. El suelo estaba húmedo. Las manos le ardían de dolor. Se puso de pie con dificultad. Sintió que apenas tenía fuerzas para dominar su cuerpo. Una brisa helada le abofeteó la cara y lo hizo tambalear. Pensó que se iba a desmayar, pero no se detuvo. Desde el interior del coche se oían algunos gritos. Le pareció escuchar también un llanto desgarrador.

»Degenerados«, murmuró y siguió caminando.

Se detuvo debajo de un puente. No sabía cuánto había caminado pero le pareció suficiente como para descansar un poco. Apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer sobre sus propios talones, agotado. El corazón le latía con fuerza y estaba temblando. Del bolsillo de la chaqueta sacó una muñeca, un poco más grande que su dedo índice, y la contempló deslumbrado.

»Que afortunado soy de que mi china no sea una puta como las otras«, se dijo, mientras acariciaba la figura con ternura y comenzaba a recuperar la calma.

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Hugo Casallo, Frankfurt

La Cabeza

La mañana del tres de diciembre, faltando tres días para mi cumpleaños y después de una demencial fiebre desperté gritando: ¡Mi cabeza! ¡Donde está mi cabeza! ¡Qué han hecho con mi cabeza!

Pero luego de escuchar mi propia voz, pensé -si es que se puede pensar sin cabeza alguna: »¿De donde sale la voz si no tengo cabeza?« Pero lo cierto era que no tenía cabeza por lo que apuré las manos hacia mi garganta y después de palpar mi cuello encontré la hendidura que confirmaba mis temores: mi cabeza ya no estaba en su lugar. Mi sorpresa fue mayúscula porque a pesar de no tener cabeza podía pensar. Pero no podía ver o al menos no podía ver de la forma común como ven los mortales.

Cuando de pronto oí pasos detrás de la recámara de mi cuarto. Realmente los oí y me pregunté entonces: ¿Por qué puedo escuchar algo sin oidos? ¿Cómo se puede oir algo en esas condiciones? Y más aún, el sonido se hacía notorio y me sacudía la ansiedad al pensar que alguien pudiera entrar en mi cuarto y descubrirme sin cabeza. No alguien, mi hermana, mi madre, peor aún: mi padre. Que no fuera mi padre el que estuviera caminando por el pasadizo hasta mi habitación. Pero sus pasos se oían primero distantes como ecos en un callejon, luego sonoros; era él. Solamente él podía caminar así tan ritmicamente con el son de los hombres que nunca terminaron de regresar de la guerra y cada día para ellos y junto a ellos es una nueva batalla sin fin.

Era él sin lugar a dudas, ¡Era él!

Y me ví, si vale la expresión en estas circunstancias, me ví abriendo la puerta tras sus golpes y explicando sin boca, explicando con las manos y sin boca que ya no traía cabeza. Pero él no me comprendería porque yo no traía cabeza y por lo tanto no me podría explicar bien. Así que alzaría su mano como tantas otras veces. La alzaría y la estrellaría contra mi cara y de una bofetada me díria: »Apurate infelíz que el tiempo es dinero y tu tienes que ir a estudiar y yo a trabajar que no estoy cagando plata«.

Pero luego acudio a mi el pensamiento: que si no tenía cabeza tampoco podría darme la temida bofetada. Sin embargo, aquel bálsamo duro poco o mejor dicho nada; pues él vería que al perder la cabeza también habia perdido toda la enseñanza acumulada en tantos años de estudio y me diría: »Con que ahora ya no quieres estudiar, pues tendrás que trabajar« y yo saldría en los días fríos de diciembre a trabajar para ganar el pan de cada día, para que no falte la comida en la mesa. Pero eso no me importaría, yo sabría trabajar y sabría hacerlo muy bien, aunque sea sin cabeza. Pero todo eso no terminaba de pasar por mi cabeza o mejor dicho por mis pensamientos que aún seguía sin saber de donde salían. Cuando oí, efectivamente, los golpes tras mi puerta. Que no sea él terminé de pensar como sujetandome a una esperanza de antemano perdida, que no sea él. ¡Qué no sea él por el favor de dios que mora en los altos cielos, que no sea él!

Pero era él. Y me decía tras la puerta de madera tantas veces golpeada con sus desnudos y huesudos nudillos: »Pascual baja ahora, que tu madre y hermana esperan« y yo sólo recuerdo que dije: »Ya voy Señor« porque de mis labios -cuando los tuve- no salió, nunca que recuerde, la palabra padre, ni papa, ni papito, ni papaito como tantos otros hijos llaman a sus progenitores »Ya Señor, ya voy« dije y oí el resoplar de su respiración al evacuar el aire de sus fosas nasales y sentía que entraría y me jalaría hacia la cocina. De mi cuarto hacía la cocina y sin darse cuenta siquiera que no llevaba cabeza. Pero, dios estes en el cielo, no lo hizo; sólo volvió a resoplar y dijo: »Cinco minutos Pascual, cinco minutos« y yo aliviado suspiraba sin sentir el aire salir de mis labios, sino que suspiraba como suspirarían las estatuas decapitadas si pudieran hacerlo.

Cinco minutos, solo tenía cinco minutos y ni rastro de mi cabeza. Busqué bajo la cama a tientas porque no veía pero tenía perfecta idea de mi cuarto, perfecta idea de las cosas y su emplazamiento; pués todo debía estar ordenado y nada fuera de su lugar. Busqué debajo de la cama, tanteé la madera vieja y nada; tanteé el piso alrededor de las patas de la cama y nada. Debajo no podía estar, ahora lo sabía.

Dos pasos grandes en dirección a la ventana se encontraba la comoda con los libros. »De repente en alguno de ellos« pensé y nuevamente me volvió el remolido de ideas de como se puede pensar sin sesos ni cabeza pero me deshice de esas ideas que ya faltarían cuatro minutos para bajar y busqué entre mi colección de Kafka, sobre los demás libros y nada. Algunos se cayeron; los sentí al dar contra mis pies y por el dolor me di cuenta que estaba descalzo. El reflejo fue ir en dirección hacia mis zapatos pero me contuve. Me contuve porque lo primero era la cabeza, primero encontrar la cabeza. Luego con la cabeza bien puesta, los zapatos. Después tres minutos, quedaban tres minutos y di otros tres pasos en dirección a la ventana. Ahí estaba el marco de la ventana y busqué. Pero el resultado fue el mismo. Dos minutos, me desesperé y olvidé el orden en mi búsqueda. Me lancé al suelo intentando dar con mi cabeza, gateé de esquina a esquina tocando las paredes desnudas y volviendo a repasar la comoda y la cama, y sobre la cama, y debajo de la cama y nada.

¿Un minuto? ¿Treinta segundos? Ya no sabía cuanto tiempo paso cuando de pronto volví a escuchar los pasos más firmes y más sonoros que antes. Era mi viejo padre que venía decidido a sacarme. Así que abrí la puerta y dije: »Voy, voy« y la volví a cerrar tras de mi. Los pasos se detuvieron y  volvieron a bajar las escaleras, había ganado breves segundos y entonces vino a mi la idea, la maravillosa idea: »Y si fuera un sueño, y si todo fuera un sueño.«

¡Si!, eso era, un absurdo sueño donde perdía la cabeza. Aliviado busqué la piel de mi brazo izquierdo como tantas otras veces y pellizqué con ganas de despertar. Pero al sentir el dolor me di cuenta que no era un sueño que todo era tan real, tan brutalmente real como lo que me pasaría luego: bajar las escaleras peldaño a peldaño y encarar o mejor dicho hacer frente a mi hermana que exclamaría: »!Miren! El muy tonto ha perdido la cabeza, se los dije, algún día perdería la cabeza« Y, peor aún, mi madre mirandome sin decir nada y yo sólo oyendo el vacio de su silencio ante la pronta sentencia de mi padre y mientras bajaba los peldaños pensaba en todo eso.

Los bajé. Bajé las escaleras una a una no vaya a ser que resbalará y apareciera de bruces sobre la mesa de la cocina y ¡ahí sí! todo empeoraría. Una dos tres cuatro... al llegar sentí sus miradas incrustarse en mi desaparecida cabeza y luego oí exclamar a mi padre: »¿Te vas a sentar o no?«Y yo: »Si Señor«.

Y luego de recibir el tazón con la avena de manos de mi madre, sentirme aliviado y extrañado que nadie dijera nada sobre la pérdida de mi cabeza. Hasta segundos más tarde escuchar nuevamente el silencio. Esta vez de todos. Y sentir sus miradas empujándome el pecho y después de breves segundos, que yo contaría como eternos, las palabras de mi padre: »¿Vas a comerte eso o no?« Y yo exclamando sin saber por donde salía mi voz »Si Señor«. Y pensar, nuevamente pensar, como haría para acabar la avena sin tener cabeza.

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Marc Wolf, Frankfurt

Schmerz

Schmerz hieß ihr Nachbar. Herr Schmerz. Stand auf dem Klingelschild.

Er wohnte rechts neben ihr, vor der Tür eine Fußmatte. Wohl eine aus dem Baumarkt. Sie lag mit der langen Seite immer exakt parallel zur Tür. Felicie machte sich einen Spaß daraus beim Vorbeigehen leicht dagegen zu kicken, um sie ein Stück weit zu verschieben. Nicht viel. Nur einen Ticken. Sie konnte sicher sein, dass beim nächsten Mal, wenn sie die Wohnung verließ, die Matte wieder exakt – aber wirklich EXAKT parallel zur Tür ausgerichtet war. Herrn Schmerz hatte sie allerdings nie zu Gesicht bekommen. Wie er das wohl anstellte? Schließlich musste er, wenn er die verschobene Matte gerade rücken wollte doch zumindest mal seine Nase in den Hausflur stecken? Sie hatte schon das ein oder andere Mal versucht die Matte zu verschieben und sich dann auf die Lauer gelegt. Nichts. Kaum hatte sie aufgegeben und war in ihrer Wohnung verschwunden und schaute dann aus reiner Neugier dann nochmal nach, lag die Matte prompt wieder gerade.

Felicie hatte einen Freund, der Psychologe war. Mit ihm diskutierte sie manchmal, wenn sie schon ein – zwei Flaschen Wein getrunken hatten die Fülle von Gründen, die Herr Schmerz haben könnte, darauf zu bestehen, vor der Wohnungstür eine exakt parallel liegende Fußmatte vorzufinden.
Martin, so hieß der Psychologenfreund, meinte: „Seine Mutter wird dran schuld sein. Oder auch sein Vater.“ „Zu strenge Erziehung, was?“ grinste Felicie dann.

Sie konnten spekulieren wie sie wollten. Herr Schmerz blieb ein Phantom. Deshalb nannte Felicie ihren Nachbarn auch manchmal Phantomschmerz. Manchmal glaubte sie sogar, es sei gar nicht er, sondern jemand ganz anderes, der die Fußmatte vor Herrn Schmerzens Tür da immer so exakt hindrapierte. Eines war sicher – ein gutes Augenmaß musste der oder diejenige schon haben.

„Na – ist doch nicht schwer“ behauptete hingegen Erik, ein anderer von Felicies vielen Freunden, Mathematiker seines Zeichens. „Du schiebst die Matte einfach an die Tür, bis sie anliegt, und ziehst sie dann einfach ein Stück weg. Natürlich musst du genau den Mittelpunkt der Matte finden, damit du den Winkel nicht veränderst. Aber im Prinzip ganz einfach.“ „Für dich vielleicht – Du bist Mathematiker. Aber ich, ich finde Morgens ja noch nicht mal den Mittelpunkt meiner Kaffeetasse, um den Kaffee sauber einzuschütten.“ Nicht der Mittelpunkt sei entscheidend, sondern die Kraft und der Winkel, in dem man die Fußmatte zöge, korrigierte Erik. Jedenfalls nicht ganz so einfach, beharrte Felicie, wie man glaubt. Und – fügte sie hinzu – das zu JEDER Tages- und Nachtzeit.

Es half nichts. Herr Schmerz blieb ein Phantom. Ja er wurde mit der Zeit nur noch rätselhafter, je mehr sich Felicie Gedanken darüber machte.

Sicher. Sie hatte schon probiert bei Herrn Schmerz zu klingeln. Hatte alle Tricks, die sie kannte ausprobiert, um den alten (war er eigentlich alt?) Hund hinterm Ofen hervor-, beziehungsweise aus der Tür hinaus zu locken. Nichts.

Irgendwann wurde das Spiel langweilig.

Felicie vergaß den Herrn Schmerz und seine korrekte Fußmatte fast, bis sie eines Abends im Herbst, es war schon dunkel und goss in Strömen, in eine dumme Situation hineingeriet. Sie hatte ihren Schlüssel irgendwo liegenlassen und stand – von der Arbeit zurückkommend buchstäblich im Regen – vor verschlossener Tür. Sie klingelte die Stockwerke hoch und runter, von links nach rechts und wieder zurück, die ganze Klaviatur der Klingelschilder ihres Hauses, als sie plötzlich von gegenüber jemand rief:  „He Sie!“ kommen sie doch rüber, sie holen sich ja noch den Tod in diesem Sauwetter!“ Felicie drehte sich um erkannte durch den Regenvorhang aber nur eine schattenhafte Silouhette die im Haus gegenüber die Tür offenhielt. Sie hastete über die Straße, patschte durch Pfützen, zwängte sich zwischen den parkenden Autos auf der anderen Straßenseite durch und huschte, ohne weiter zu fragen in den schützenden Hauseingang.
Vor ihr stand eine nicht allzu große Frau, schätzungsweise um die vierzig, und nickte ihr freundlich zu. Kommen sie doch rein, sie sind ja patschnass. Ich nehme sie mit zu mir nach oben, da können sie sich abtrocknen und warten bis…

Felicie dankte lachend. „Da kann ich lange warten. Ich hab meinen Schlüssel vergessen.“

Ach so ist das? Sie wohnen dort?

Ja im dritten Obergeschoß. Neben Herrn Schmerz.

Als sie das sagte, wich der Frau die heitere Freundlichkeit mit einem Schlag aus dem Gesicht, und ihr Blick wurde traurig.

habe ich was Falsches gesagt?

Nein. Entgegnete die Frau. Es ist nur – ich kenne ihren Nachbarn…

Oh. Murmelte Felicie, ich habe ihn bisher nie zu Gesicht bekommen.

Dort wohnt auch niemand. Wurde nie geboren. Antwortete die Frau leise. Ich habe diese Wohnung gemietet. Damit mein Schmerz darin wohnen kann.

Aber die Fußmatte? Fragte Felicie, die vor Betroffenheit auf dem letzten Treppenabsatz stehengeblieben war und kleine Pfützen unter sich tropfte.

Nichtgeborene bekommen kein eigenes Grab. Eine Ungerechtigkeit, die ihresgleichen sucht. Die Frau ließ einen Anflug von Bitterkeit erkennen: Statt Grabstein habe ich nur die Fußmatte, vor der Wohnung, in der mein Schmerz wohnt.

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Hanna Zeyen, Frankfurt

Reise nach Neuseeland

Als sie es endlich geschafft hatte, ihren schweren Koffer aus dem Zug zu hieven und auch selber die Trittstufen herunter zu klettern, verschlug ihr ein Schwall der heißen und schwülen Luft fast den Atem. Diese Hitze gehörte für sie inzwischen genauso sehr zu Neuseeland wie das ständig anwesende Zwitschern und Quatschen der Papageien und der anderen Vögel oder wie die Millionen von Schafen, denen man kaum aus dem Weg gehen konnte.

Ihr erster Blick fiel aber weder auf Papageien noch auf Schafe, sondern auf eine Gruppe von drei sich unsicher umsehenden Personen. Dass ihr Blick gerade auf sie fiel, war nicht weiter verwunderlich, denn mit den bunten Luftballons und dem riesigen Plakat, auf dem ein Schiff aufgemalt war und auf dem „Welcome Monica“ stand, waren sie kaum zu übersehen.

Unsicher musterte die Gruppe sie, doch nach wenigen Sekunden waren sie sich sicher, dass sie wirklich Monica war, und winkten ihr aufgeregt zu. Die schmale Frau mit den rotbraunen Locken, die eine Seite des Plakates in der Hand trug, war Eve, die Exfreundin von Monicas Vater. Jedem, dem Monica erzählt hatte, dass sie mit der Exfreundin ihres Vaters, deren neuem Freund Daniel und dessen Sohn Ryan eine Bootsreisen zu den Inseln vor Neuseeland machen wollte, hatte sie erst ungläubig geschaut und sie dann gefragt, ob ihr ihr Leben wirklich so wenig wert sei. Schließlich biete eine Bootsfahrt doch so viele Möglichkeiten, sich an der Tochter des Exfreundes für eine Trennung zu rächen.

Monica konnte diese Sorgen nicht teilen. Eve war eine alte Freundin der Familie und als Monica und ihre Eltern noch in Neuseeland lebten, hatten sie sich oft besucht. Seit sie, als Monica sechs Jahre alt war, nach Deutschland gezogen waren, waren die Besuche natürlich seltener geworden, doch da Monica seit einem halben Jahr wieder in Neuseeland war, wollte sie sich die Möglichkeit, Eve wieder zu sehen, nicht nehmen lassen.

Jetzt, da sie sie nach so langer Zeit wieder sah, wurde sie von einer Flut von Erinnerungen aus ihrer Kindheit überrollt, genauso wie es immer geschah, wenn sich der schokoladig-fruchtige Geschmack von Pineapple Lumps in ihrem Mund ausbreitete oder wenn sie einen Schluck eiskalte L&P ihren Hals herunter rinnen ließ.

Endlich hatte Monica die drei erreicht, es wurden viele Umarmungen ausgetauscht, nur Ryan gab ihr lediglich höflich die Hand. Mit vereinten Kräften schafften sie es, Monicas Koffer in das kleine Auto zu stemmen. Nach wenigen Minuten erreichten sie schon das Familienboot, mit dem sie ihre Reise unternehmen würden. Monica schaute sich gründlich um. Es war wunderschön, man konnte es nicht anders beschreiben, auch wenn alles sehr eng und schlicht war.

„Wo ist denn das zweite Bad?“ Monica drehte sich zu Ryan, der sie bei ihrer Besichtigungsrunde begleitet hatte, um. Er grinste hämisch. „Du weißt schon, dass das du dich nicht in der Luxussuite der Queen Mary II befindest. Wenn du zum Schminken so lange brauchst, dass ein Teilen des Bades mit uns für dich ausgeschlossen ist, solltest du auf das Schminken im Bad besser ganz verzichten und dir einen Spiegel und eine Taschenlampe mit auf deine Koje nehmen.“ Monica wurde rot.

„Das meine ich doch gar nicht. Aber in diesem Bad gibt es weder eine Dusche, noch eine Badewanne.“ Ryans Grinsen wurde noch breiter. „Und ich dachte, alle Mädchen wüssten, dass Salzwasser die Haut weich macht und überhaupt total gesund ist. Wirkt entzündungshemmend und desinfizierend und so. Wobei...“ Er musterte mich von oben bis unten. „Wobei, Mädchen wie du, ihr ekelt euch wahrscheinlich doch vor dem Meer. Igitt, Algen! Igitt Fische“ Er lachte laut auf „und dann kauft ihr Meerwasser in der Apotheke, für 10 Dollar pro 100 Milliliter.“ Monica verdrehte die Augen. „Was für ein Idiot“, dachte sie, „und mit dem sollte sie die gesamte Bootsreise auf engstem Raum verbringen?“

Langsam setzte sich das Boot in Bewegung und Monica setzte sich auf das Deck und beobachtete den Horizont, der immer kleiner wurde. Plötzlich wurde er von einer riesigen Flosse verdeckt. „Dieser Hai muss so groß sein, dass er mich wahrscheinlich mit einem Bissen verschlucken könnte“, überlegte Monica. „Und dieser Dummschwätzer redet davon, wie gesund es ist, hier im Meer zu baden. Die Magensäure eines Hais ist sicher ein noch effizienteres Hautpeeling als das Meerwasser.“Die Flosse verschwand kurz ganz unterm Wasser, um einige Sekunden später ein paar Meter entfernt wieder aufzutauchen und auch ein Stück Rücken wurde sichtbar.

„Das ist gar kein Hai. Das ist ein Walfisch!“, schrie Monica erleichtert, „Ein Walfisch! Kommt alle her!“Les drehte sich um. „Oh, wie nett.“, murmelte er, dann befasste er sich wieder mit dem Kurs. Ryan ließ sich neben sie sinken. „Ist das Schulsystem in Deutschland eigentlich wirklich so schlecht?“ Monica runzelte die Stirn. „Wie meinst du das?“Ryan strich sich eine seiner langen, dunkelblonden Strähnen aus dem Gesicht. „Also ich weiß schon seit mehr als 10 Jahren, dass Wale, dieser hier ist übrigens ein Pottwal, keine Fische, sondern Säugetiere sind.“

Wütend stand Monica auf. „Hast du eigentlich irgendein Problem mit mir?“ Ryan sah sie verunsichert an. „Nnein“, stammelte er, „habe ich überhaupt nicht.“ „Gut.“ schnaufte Monica, eine schlagfertigere Antwort fiel ihr darauf nicht ein, aber das war auch gar nicht nötig, denn gerade hatten sie in Pitt Island, der ersten Insel ihrer Etappe, angelegt, was für sie vor allem eine Möglichkeit bedeutete, Ryan weit aus dem Weg gehen zu können.

Auf der Insel war eine Art Zoo aufgebaut. Monica konnte sich nicht vorstellen, dass sich ein Zoo mitten im Meer rentieren konnte. Außer ihnen besuchte ihn auch nur noch ein Ehepaar um die sechzig, die gerade eine Gruppe Kiwis beobachteten. In dem Zoo lebten neben den typisch neuseeländischen Tieren wie Keas, Pinguinen und Seelöwen auch viele nicht einheimische Tiere. Monica steuerte gerade auf die Flamingos zu, ihre Lieblingstiere, als sie über einen herumliegenden Wasserschlauch stolperte und fast hinfiel. „Hoffentlich hat Ryan das nicht gesehen, sonst kann ich mir noch einen blöden Spruch anhören.“, dachte sie. Aber kaum nachdem sie den Gedanken zu Ende gedacht hatte, stand Ryan schon neben ihr. Er sagte zwar nichts, grinste aber bis zu beiden Ohren. Monica warf ihm einen genervten Blick zu.

„Weißt du, warum Flamingos immer auf einem Bein stehen?“ Er sah sie herausfordernd an. „Nein. Und es ist mir auch egal.“ „Weil sie sonst an ihren ungefiederten Beinen zu viel Energie verlieren.“ Monica sah ihn skeptisch an, um ihren Blick sofort wieder den Flamingos zuzuwenden. „Im Ernst. Ein Gefieder isoliert, genauso wie Haare. Deswegen ist es auch total unlogisch, wenn du dir die Beine rasierst. Außer, du stehst unheimlich gerne auf einem Bein.“ Monica schloss die Augen. Wenn sie noch eine Sekunde länger mit Bryan verbringen musste, würde sie schreien.

„Und weißt du, wann der älteste Flamingo der Welt geboren wurde?“ Monica begann, leise zu knurren. „Ich deute diese Antwort mal als „Nein.“ Ich weiß es aber. Er wurde 1933 geboren. Ganz schön alt, oder?“ Monica knirschte mit den Zähnen. „Ich fürchte, du wirst nicht so alt werden, wenn du weiter so nervst.“ Ryan grinste. „Alle großen Genies sind jung gestorben.“ Er zuckte mit den Schultern.

„Wusstest du, dass im Durchschnitt einer von dreihundert Amerikanern Angst vor rosa Flamingos hat? Ich kann ja verstehen, dass man sich vor so 'nem Ding fürchtet“, er nickte zu dem Emu, der im Gehege neben den Flamingos stand, „aber Flamingos?“

„Du hast Angst vor Emus!“ Monica lachte laut. „Sind Emus nicht sogar Vegetarier?“ „Erstens habe ich keine Angst vor Emus. Und zweitens fressen Emus auch Insekten und andere Wirbellose.“ Monica hob die Augenbrauen. „Das heißt, du würdest dich auch trauen, in das Gehege zu klettern?“ Ryan biss sich auf seine Lippe. „Natürlich – wenn es nicht verboten wäre.“ 

Monica schaute sich um. Das ältere Ehepaar war immer noch mit den Kiwis beschäftigt, der Aufseher war tief in seine Zeitung vertieft und Daniel und Eve fotografierten sich gegenseitig vor den Pinguinen. „Ich glaube, niemandem wird es auffallen.“ Sie lächelte ihn auf die gemeinste Weise, die sie zustande bringen konnte, an. „Gut!“ Ryan setzte seinen Fuß auf die unterste Latte des Zaunes und zog sich langsam, aber sicher, auf seine andere Seite.

Erst schien es so, als würde der Emu Ryan gar nicht bemerken, deswegen schlich Ryan immer näher an ihn heran. Plötzlich sprang der Emu auf und raste auf Ryan zu – Monica hätte nie gedacht, dass ein so dicker Vogel so schnell rennen kann und warf ihn mit den Krallen seines rechten Fußes auf den Boden. Er stand mit ausgebreiteten Flügeln über Ryan, als ob er kurz davor wäre, ihm den Todesstoß zu versetzen.

Monica schaute sich hastig um. Der Aufseher war verschwunden, das Ehepaar, Daniel und Eve standen viel zu weit entfernt, um noch irgendetwas ausrichten zu können. Ihr Blick viel auf den Wasserschlauch, über den sie kurz zuvor gestolpert war. Das könnte eine Lösung sein.

Sie hob den Wasserschlauch auf, stelle den Druck hoch und richtete den Strahl auf den Vogel. Ein Schwall Wasser erfasste ihn und obwohl er sich kaum von der Stelle bewegte, irritierte er ihn doch so sehr, dass er seinen Fuß kurz von Ryans Brust nahm, sodass dieser über den Zaun hechten konnte.

Auf der anderen Seite angelangt fiel er Monica in die Arme. „Ich liebe dich.“ Monica löste sich vorsichtig aus der Umarmung. „Das hoffe ich doch auch. Ich habe dir gerade eben dein Leben gerettet.“ Sie runzelte die Stirn. „Warum habe ich das eigentlich getan?“

Der Aufseher unterbrach ihr Gespräch. „Was ist hier los? Warum sind der Emu und dieser junge Herr hier patschnass?“ Ryan holte tief Luft. „Also es war so...“ „Ein Experiment für unseren deutschen Biologieunterricht. Wie reagieren Vögel und Einwohner Neuseelands auf Süßwasser.“ Der Aufseher faltete die Hände. „Ich bitte Sie, den Zoo augenblicklich zu verlassen.“

Und das taten sie auch. Als sie in das Boot kletterten, merkte Monica, das sie es aus irgendeinem Grund gar nicht mehr so beengend fand, mit Ryan auf einem Schiff zu sein. Ihrem Experiment schloss sie noch einen Teil B an: Wie reagieren deutsch-neuseeländische Austauschschüler auf Salzwasser? Das Ergebnis war: sehr positiv.

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Lara de Simone, Heidelberg

Der Januarfluss

„Extra für dich habe ich mich ans Fenster gesetzt“, denke ich, als wir die Wolken durchbrechen. „Dann zeig mal her!“

Wenig später sitzen wir im Taxi und ich bin enttäuscht. Aber was habe ich erwartet? Warum sollten die Abgase der Autos in Rio anders riechen als in São Paulo? Unwillkürlich mustere ich die verblichenen Farben der Häuserfassaden durch die abgedunkelte Scheibe. Vielleicht liegt es ja an der Scheibe? Ich kurble das Fenster des Taxis eine handbreit herunter, um zu prüfen, ob die Farben wirklich so sind, wie ich sie sehe. Sofort schnellt der Kopf meiner Mutter nach hinten.

„Fecha isso!“, kreischt sie. „Wie oft soll ich das noch sagen? Wir sind hier nicht in Deutschland!“

Wortlos schließe ich das Fenster und ärgere mich im Stillen.

„Als ob du eine Schwerverbrecherin wärst. Aber keine Sorge, ich hab ja noch zwei Tage, um dich kennenzulernen.“, sage ich in Gedanken zu Rio.

In Rio wirkt der Himmel blass im Vergleich zum blauen Meer, fällt mir auf, besonders wenn es bewölkt ist wie jetzt. Oder ist das der Smog?

Das Hotel, in dem wir wohnen, liegt in Copacabana. Mit Blick auf den Strand und einer Aussichtslounge für Cocktailpartys und Skylinefotografen. Die Betten sind weich und ich schlafe gut. Dabei ist Rio ein richtiger Großstadtdschungel. So dicht, dass man Safaris durch die favelas unternehmen und vom Jeep aus das Elend und die Straßenkinder mitleidig begaffen kann. Wie im Zoo, nur dass es gefährlich und deshalb aufregend ist. Es könnte ja jederzeit eine Schießerei zwischen den traficantes und einer Drogenfahndereinheit ausbrechen, wie in diesem krassen Film, wie hieß er noch?

„Zum Kotzen“, denke ich. „Wie hältst du das nur aus?“

Ich war noch nie in Rio de Janeiro. Meine Mutter hat mich immer nur nach São Paulo zur Verwandtschaft mitgenommen. Wenn man einmal da ist, dann hat man höchstens noch Zeit für den Strand im Nordosten des Landes. Bahia, Sonne und Entspannung. Das, was es in Deutschland eben nicht gibt.

Zuhause heiße ich Ferdinand, unter Freunden Ferdi, weil Ferdinand nach Spätmittelalter und Gammel klingt. Hier aber bin ich Fernando. Diesen  Fernando haben sie letztes Jahr auf einem 15-Jahre-Ball mit einem Mädchen verkuppelt. Alle dort trugen Ballkleider oder Anzüge mit Fliegen, auch ich. Dieser 15-Jahre-Ball war so eine Geburtstagsveranstaltung, bei der ein Mädchen „in die Gesellschaft eingeführt“ wurde, also irgendwie zur Frau oder erwachsen werden sollte. Die jugendlichen Gäste waren allesamt älter als ich. Ich sah nur älter aus, weil ich ziemlich groß war, verglichen mit den meisten Vollbrasilianern. Ich war damals zwölf. Meine Cousinen zeigten mir ein Mädchen und fragten ihn, ob ich sie scharf finde. Ich nickte. Die war halt scharf. Aber dann stellten sie mich ihr vor. Und verschwanden vom Tisch. Das Mädchen, Gabriela, war scharf und eine Labertasche, und ich war unerfahren, Ausländer und sexuell unbeholfen. Sie küsste mich zuerst, ziemlich stürmisch, stecke ihm fast die Zunge in den Hals. Das war mein erster Kuss. Meine ersten Küsse. Das ging nämlich lange Zeit so weiter. Am Ende des Abends, gegen drei Uhr morgens stellte ich mich schlafend.

Am nächsten Tag wachte ich heulend auf. Das ist Brasilien. Für mich.

Natürlich fahren wir mit dem Fahrrad. Mal wieder hatte mein Vater eine hirnrissige Idee durchgesetzt und ausnahmsweise hat sie sich als unerwartet schön entpuppt. Wir haben drei unverschämt überteuerte Fahrräder gemietet und fahren jetzt im 26-Grad-Winter Rios an der Strandpromenade entlang. Der Himmel ist verboten blau, der Hochhäuserwald glitzert keck unter der Sonne, die Autos verschwinden angesichts der strahlenden Tiefe des Meeres. Eigentlich ist dieser Anblick unbeschreiblich. Mein Vater fährt einhändig, um mit der einen Hand den Moment mit der Videokamera einfangen zu können.

Wir fahren um eine Biegung. Ist da schon das Meer? Nein, es ist erst der Himmel. Komisch. Gestern waren sie Welten voneinander getrennt, jetzt sind sie kaum noch zu unterscheiden. Ich trage einen peinlichen Sonnenhut, kann aber nicht verhindern, geblendet zu werden. Und ehrlich gesagt, lasse ich mich im Augenblick ganz gerne blenden.

Ich genieße die Wintersonne auf meinen Armen. „Rio de Janeiro. Wie konnten die Portugiesen dich nur für einen Fluss halten? Und dann auch noch so einfallslos nach einem Monat benennen. Wie lächerlich! Jeder sieht doch, dass du eine Stadt am Meer bist und nicht am Fluss.“

Am nächsten Tag gehen wir in ein Museum. Ich lerne die Geschichte Brasiliens kennen. Das haben wir an der Schule nie durchgenommen, da bin ich mir sicher. Ich mag Geschichte, interessiere mich für Kolonialismus und Diktatur. Doch als ich wieder in die gegenwärtige Welt hinaustrete, erschrecke ich: In wenigen Stunden reisen wir schon wieder ab. And I still haven’t found, what I’m looking for...

Ich denke wieder an Gabriela. Waren ihre Augen braun oder grau, ihr Haar lockig oder glatt? Ich habe es vergessen. Eigentlich kein Wunder, ich habe sie ja nie selbst gesehen. Das war Fernando. Es war er, der an diesem Abend getanzt und geredet hat, wenn auch nicht sehr viel, gedacht, wenn auch nicht zweimal, gefühlt, obwohl... eigentlich nichts. Aber mich hat Fernando nicht gefragt. Meine Cousinen ebenfalls nicht, nicht richtig. Gabriela genauso, nur ob wir es versuchen sollten. Und? Ist es das? Ist das alles?

„Nein, das kann nicht sein“, denke ich. „Keine Frage.“

Ich bin immer noch enttäuscht, als wir im Flughafen sind. Zwei Tage sind vorüber und ich habe Rio nicht kennengelernt, wie ich es ihr versprochen habe. Ich will nicht zurück. São Paulo ist grau und trostlos. Da möchte ich nicht wieder hin. Rio ist auch trostlos und ein bisschen grau, aber ich glaube, ich weiß, dass es hier noch etwas gibt. Ich bin auf der Suche. Deswegen fliehe ich aus dem Flughafen, sage meinen Eltern, dass ich aufs Klo muss und verkrümle mich durch ein Fenster.

„Seltsam“, denke ich, als ich unter der Nachmittagssonne das Flughafengelände hinter mir lasse. „Alle versuchen in den Flughafen zu kommen, alles wird kontrolliert. Aber niemand kommt auf die Idee, einmal wegzugehen.“

Ich weiß, dass das nicht stimmt, aber ich fühle mich verwegen und muss eine Grenze ziehen, damit ich sie überschreiten kann, um frei zu sein.

Und da denke ich noch: „Endlich bin ich bei dir.“

Zwei Stunden später sieht die Sache anders aus. Das ganze Zentrum habe ich abgelaufen, habe viel gesehen, nichts gefunden und bin müde. Enttäuscht aber fühle ich mich nicht mehr, sondern wütend und betrogen, über den Tisch gezogen.

„Hey!“, schreit es in mir. „Extra deinetwegen bin ich geblieben, nehme Sorgen und Strafen meiner Eltern in Kauf und wie dankst du es mir? Biste am Ende doch nur eine billige Nutte, deren Schminke langsam abbröckelt?“

Rio zeigt mir die kalte Schulter. Na schön. Beleidigt winke ich ein Taxi heran. Nach Ipanema. Der Fahrer wundert sich nicht darüber, dass ein Junge ohne Begleitung in seinen Wagen steigt. Ich sehe immer noch älter aus, als ich bin. Außerdem spreche ich akzentfrei.

Die Scheibe ist diesmal nicht abgedunkelt. Die Hochhäuser, die am Fenster vorbeiziehen ignoriere ich, sehe lieber der Sonne beim Untergehen zu. Im Radio wird ein rasanter brasilianischer Rap von einer Werbepause unterbrochen. Der Taxifahrer und ich lauschen ehrfürchtig dem hypnotischen Singsang von sportlichen Tenorstimmen. Als wir angekommen sind, ist der Himmel sternenbesprenkelt und tiefdunkel. Vom Meer her ziehen dicke Wolken auf.

Ich bezahle, steige vor einem Lokal aus, in dem ewige Bossa Nova dudelt. Drinnen spielt die Band, ich jedoch setze mich trotz aufkommender Abendbrise nach draußen und beobachte rastlos die Passanten auf dem Bürgersteig. Ich kann mich nicht mit Rios Korb abfinden. Doch mein suchender Blick trifft nur flanierende Touristen oder aufgedrehte Obermittelschichtsbrasilianerinnen. Nach einer Cola ist mein Geld alle. Trotzdem bestelle noch eine zweite und eine feijoada. Während ich mit knurrendem Magen auf das Abendessen warte, frage ich Rio resigniert: „Woher wusste ich noch mal, dass du etwas Besonderes bist? Ich habe es vergessen. Kann es denn wirklich sein, dass ich mich in dir getäuscht habe?“

Genau in dieser Sekunde spüre ich den ersten Tropfen. Nicht besonders kühl, aber groß, kein Nieselregen. Der zweite lässt nicht lange auf sich warten. Einer dieser Platzregenschauer bahnt sich an, die ebenso plötzlich aus dem nichts auftauchten wie sie auch wieder verschwinden. Und tatsächlich komme ich mir nach einer Minute vor, wie unter einer Dusche. Kraftlos und durchnässt bleibe ich einfach sitzen. Der Regen ist zu schwer, als dass ich gegen ihn aufstehen könnte, er schweißt mich am Stuhl fest.

Trotzdem denke ich nicht: „Na, toll! Das hat ja gerade noch gefehlt.“ Stattdessen bekomme ich eine Gänsehaut, obwohl der Regen warm ist. Je dichter das Trommeln der Tropfen auf meinem Kopf, desto schneller klopft mein Herz zum Takt. Mein Körper weiß, irgendetwas wird geschehen, muss geschehen, doch mein Verstand bekommt es nur mit der Angst zu tun und so begreife ich nicht. Alarmiert schaue ich die neonschriftbeleuchtete Straße herunter, nach links, nach rechts, hektisch irrt mein Blick umher. Alles, was mir auffällt, ist, dass die Spaziergänger verschwunden sind. Kein Wunder bei diesem Regen.

In diesem Moment bemerke ich es. Mir klappt der Kiefer herunter.

„Was passiert da?“, hauche ich entgeistert. „Magie?“

Etwas ist mit dem Regen geschehen, etwas Absurdes. Die Regentropfen haben die Richtung geändert und die Geschwindigkeit. Majestätisch erklimmen sie eine unsichtbare Leiter ins Unfassbare des Himmels. Aus dem kaputten Gullydeckel keine zwei Schritte von meinem Tisch entfernt sprudelt das Wasser wie aus einer Springquelle heraus, löst sich in Tröpfchen von der Masse ab und schwebt zurück zu den Wolken. Fassungslos stehe ich auf und traue meinen Augen nicht. Rückwärtsregen.

Und während ich dieses Wunder mit offenem Mund und aufgerissenen Augen bestaune, begreife ich erst jetzt sein wahres Ausmaß: Nur dort, wo ich sitze, macht die Physik Urlaub. Ein paar Meter weiter fällt der Regen so schnell und langweilig wie immer. Ich bin die Mitte einer wunderbaren Säule. Endlich höre ich den Fluss. Er fließt in den Himmel in vielen kleinen Tropfen. Langsam, aber stetig.

„Du bist doch ein Fluss!“, juble ich, lache im verkehrten Regen. „Sie hatten recht mit dir, die alten Portugiesen!“

Zum lebendigen Abprasseln der Tropfen von meinem Gesicht, gesellt sich ein Stechen in meinen Augen. Heiße Tränen schießen mir in die Augen. Einen Moment lang bin ich entrückt und sehe alles verschwommen. Dann wische ich mir die Tränen aus den Augen, starre die perlenförmigen Tropfen auf meiner Handfläche einen Herzschlag lang an. Langsam hebe ich die Hand und ich sehe fasziniert, wie meine Freudentränen zusammen mit abertausenden Regentropfen emporsteigen. Ich sehe ihnen nach bis ich sie aus den Augen verliere. Und stehe glücklich und dankbar im Januarfluss.

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